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  • El Señor Plátano y la extraña costumbre de sufrir por cosas que no estaban pasando

    El Señor Plátano tenía un problema.


    Bueno, en realidad tenía muchos. Al menos eso creía él. Porque si alguien le preguntaba cómo estaba, jamás respondía simplemente que bien. Siempre encontraba algo que podía mejorar. Y entonces comenzaba una larga lista: la economía, la política, el clima, el colesterol, la opinión de los vecinos, el futuro de la humanidad, la posibilidad de quedarse sin internet o aquel comentario que alguien hizo en una reunión hacía siete años y que todavía seguía revisando mentalmente antes de dormir.

    Era un auténtico profesional de la preocupación. No cobraba por ello, pero de haber existido un campeonato mundial probablemente habría regresado a casa con varias medallas. Lo curioso era que la mayoría de las cosas que le preocupaban nunca llegaban a suceder. Sin embargo, aquello no parecía detenerlo. Su mente funcionaba como un departamento creativo abierto las veinticuatro horas del día, especializado en imaginar posibles catástrofes. Mientras desayunaba ya estaba preocupado por la cena. Mientras cenaba pensaba en el mes siguiente. Y cuando por fin llegaba ese mes, encontraba algo nuevo por lo que inquietarse. La máquina nunca descansaba.

    Una mañana salió a caminar por el parque. El sol brillaba entre los árboles, los pájaros cantaban y una brisa suave movía las hojas. Todo parecía tranquilo. Sin embargo, el Señor Plátano avanzaba con el ceño fruncido.

    —¿Y si mañana llueve? —pensó.

    Desde una rama cercana, una ardilla que lo observaba desde hacía un rato inclinó la cabeza y le preguntó:

    —¿Está lloviendo ahora?

    —No —respondió él.

    —Entonces, ¿por qué llevas cara de tormenta?

    La pregunta lo dejó inmóvil durante unos segundos. Porque la verdad era que no estaba lloviendo. Tampoco había ninguna emergencia. No había incendios, ni peligros inmediatos, ni tigres persiguiéndolo entre los arbustos. Solo había pensamientos. Uno detrás de otro. Sin descanso.

    Por primera vez en mucho tiempo levantó la mirada. Escuchó el viento moviendo las ramas. Escuchó el canto de los pájaros. Escuchó el sonido de sus propios pasos sobre el sendero. Y entonces descubrió algo que llevaba años ocurriendo sin que él lo notara.

    La vida estaba sucediendo exactamente donde él no estaba mirando.

    Mientras su mente viajaba constantemente hacia el pasado o hacia el futuro, la vida permanecía pacientemente en el presente, esperándolo. Como una vieja amiga que nunca se había marchado.

    Aquella mañana comprendió algo importante. No todos los problemas viven en la realidad. Muchos habitan únicamente en la imaginación. Y aunque la imaginación es un regalo maravilloso para crear poemas, inventar historias o explorar nuevos mundos, resulta agotadora cuando se utiliza para fabricar sufrimiento.

    Desde entonces siguió teniendo pensamientos. Miles de ellos, como cualquier otra persona. Pero dejó de creer que todos eran ciertos. Y cada vez que aparecía una nueva preocupación, sonreía y se hacía la misma pregunta:

    —¿Está pasando ahora mismo?

    Y, sorprendentemente, la mayoría de las veces la respuesta era no.

    Fue así como el Señor Plátano descubrió uno de los grandes secretos de la existencia: que la vida sucede aquí, mientras la mente insiste en vivir en cualquier otra parte.